Durante un mes, Dravya Dholakia, un joven de la India tuvo que vivir sin las comodidades a las que está acostumbrado y enfrentarse a la dura realidad de las personas menos afortunadas del país asiático.

Fue su propio padre, Svji Dholakia, un millonario comerciante de diamantes, el que convenció al joven de 21 años de trasladarse a la ciudad de Kochi para vivir como un aam aadmi, que quiere decir: un hombre común.

El joven empacó sólo tres mudas de ropa y una cantidad de 7 mil rupias (aproximadamente 100 dólares) que sólo podía utilizar en caso de emergencia, de acuerdo con las instrucciones de su padre.

El primer trabajo que Dravya consiguió fue en una panadería.

El primer trabajo que Dravya consiguió fue en una panadería.

Reproducción The Times Of India

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“Por cinco días no tuve un trabajo o un lugar apropiado para vivir,” relata Dravya Dholakia al sitio The Times of India. “Me sentí frustrado al ser rechazado en 60 lugares porque nadie me conocía. Entendí qué es el rechazo y el valor de un trabajo en estos días.”

El joven es originario de Guyarat, uno de los estados más industrializadas de la India y actualmente estudia una maestría en Estados Unidos.

Su padre, es el propietario de Hari Krishna Exports, empresa que manufatura y exporta diamantes a más de 50 países y cuyo valor estimado es de 6 mil millones de rupias, lo equivalente a casi 90 millones de dólares.

Durante su travesía, Dravya tuvo que mentir sobre su origen para conseguir trabajo. Su primer puesto fue en una panadería, posteriormente laboró en un call centre, una tienda de venta de zapatos y hasta en un McDonalds. Sus ganancias llegaron a las 4 mil rupias al mes (aproximadamente 60 dólares)

“Nunca me había preocupado por el dinero y ahora estaba aquí luchando por obtener una comida al día de 40 rupias (0.60 centavos de dólar),” recordó el joven. “Necesitaba otras 250 rupias (casi 4 dólares) al día para quedarme en un albergue.”

Su padre considera que fue una lección bien aprendida.

“Le di tres condiciones:,” declaró Svji Dholakia. “Le dije a mi hijo que necesitaba trabajar para ganar su dinero, pero que no podía laborar en un lugar por más de una semana; que no podía revelar la identidad de su padre, tampoco podía usar el teléfono celular, ni las 7 mil rupias que se llevó de su hogar durante un mes.”

Y es que, de acuerdo con las declaraciones de su padre, pretendía enseñarle una lección de vida que no aprendería de ninguna otra forma.

“Quería que él entendiera la vida y cómo los pobres luchan por conseguir un trabajo y dinero,” explica el progenitor. “Ninguna universidad puede enseñarte estas habilidades excepto la experiencia.”